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JUN
04
2026
España
Europa debe invertir en infraestructuras de telecomunicaciones
Para defender su modelo, Europa debe dotarse de las mejores herramientas disponibles. Los ciudadanos de la UE están preparados para ello.
Europa se encuentra en un momento decisivo. Las infraestructuras de telecomunicaciones han dejado de ser una cuestión técnica para convertirse en una prioridad política, económica y social. Sin una acción urgente, Europa corre el riesgo de perder relevancia en la próxima ola de transformación global que viene impulsada por la inteligencia artificial (IA).
La IA supone un cambio estructural que transformará la industria, las formas de trabajo y la seguridad. Su velocidad de expansión no tiene precedentes y su escala es disruptiva. A diferencia de ciclos anteriores, el reto no es inventar nuevas redes, ya que las tecnologías necesarias ya existen: la fibra, el 5G standalone, los centros de datos y los sistemas energéticos están maduros. Lo que le falta a Europa es inversión para que sus redes ganen escala, cobertura y densidad.
El impacto de la IA en los consumidores puede parecer todavía lejano, pero esa percepción es engañosa. El cambio se producirá en años, no en décadas. Todas las grandes empresas tecnológicas apuntan en la misma dirección: la robótica avanza rápidamente, los semiconductores se están rediseñando para la IA, el gasto global en investigación y desarrollo está creciendo con fuerza y la inversión en capital vinculada a la IA ya es varias veces superior a la de ciclos anteriores.
Otras zonas del mundo ya han entendido esta realidad: Asia oriental ya está preparada y Estados Unidos está movilizando cientos de miles de millones de dólares para adecuar su infraestructura digital.
Europa, en cambio, está limitada por marcos regulatorios diseñados para otra época.
Durante los últimos 25 años, la regulación europea ha priorizado, con acierto, un acceso asequible a las telecomunicaciones: los servicios digitales se generalizaron, los precios bajaron y la competencia aumentó. Europa llevó la conectividad a ciudadanos y empresas, y lo hizo a gran escala. Ese logro es digno de elogio.
Pero el contexto ha cambiado y hoy el reto central ya no es el acceso, sino la capacidad de atraer inversión. Un marco regulatorio diseñado para maximizar la asequibilidad a corto plazo frena ahora la ambición a largo plazo. La fragmentación de los mercados incrementa el riesgo y desincentiva la inversión. El resultado es una brecha estructural entre Europa y sus competidores globales. Un marco pro inversión no es una opción: es una necesidad.
Las empresas de infraestructuras de telecomunicaciones desempeñan un papel central. Las towercos, los operadores de fibra y los proveedores de centros de datos son, en ocasiones, presentados como meros intermediarios financieros o como una línea de costes de los operadores. Esa visión es incorrecta y contraproducente.
Cadena de valor digital
La infraestructura pasiva, las redes activas y los servicios digitales son capas distintas de la cadena de valor digital. Difieren en sus ciclos tecnológicos, en sus necesidades de capital y en sus perfiles de riesgo. Los activos de infraestructura tienen una vida larga y requieren capital paciente. Operan con retornos previsibles y contratos a largo plazo. Su eficiencia radica en compartir recursos escasos y optimizar el diseño industrial.
Durante la última década, las empresas independientes de infraestructuras han desempeñado un papel fundamental en Europa. Compañías como Cellnex han invertido decenas de miles de millones de euros de capital privado en el ecosistema, permitiendo a los operadores móviles sanear balances, invertir en fibra y 5G, mantener la competitividad en mercados deflacionarios y, en algunos casos, expandirse internacionalmente, todo ello sin necesidad de financiación pública.
Este modelo no está agotado. Europa necesita ahora movilizar cientos de miles de millones adicionales y los presupuestos públicos, por sí solos, no pueden asumir este esfuerzo. El capital global en infraestructuras puede ayudar a largo plazo, pero en un mercado seguro y previsible.
Tener confianza implica seguridad jurídica. Implica respeto de los contratos. Implica regulación predecible. El Estado de derecho no es un principio abstracto: es una señal concreta para la inversión. Cuando esa señal se debilita, el capital destinado a infraestructuras se desplaza a otros lugares. Y sin capital para infraestructuras, Europa no alcanzará sus ambiciones en la era digital.
Los operadores de infraestructuras no son propietarios pasivos. Son socios tecnológicos e industriales que simplifican actividades no esenciales, mejoran la eficiencia y refuerzan la resiliencia y la seguridad de las redes. Tratarles como vehículos especulativos sería un error estratégico con consecuencias a largo plazo.
Los beneficios de una inversión renovada permitiría a los ciudadanos europeos acceder a infraestructuras de mayor calidad -comparables a las de otras potencias globales-: permitiría mejorar la calidad, la capacidad, la seguridad, la fiabilidad y los servicios digitales evolucionarían. Las generaciones más jóvenes recuperarían oportunidades. El talento se quedaría y regresaría. Los ecosistemas de innovación se fortalecerían. Un futuro digital creíble es esencial para restaurar el pacto intergeneracional.
La industria europea evitaría caer en una desventaja estructural. Sin infraestructuras digitales avanzadas, la productividad se resentirá. Las industrias competitivas podrían deslocalizarse y los trabajadores correrían el riesgo de quedar confinados en los eslabones de menor valor de las cadenas globales.
La autonomía estratégica depende cada vez más de la inversión las infraestructuras de telecomunicaciones. La defensa, la seguridad y la respuesta a emergencias dependen de redes robustas. Hoy, la libertad y la protección son inseparables de la capacidad tecnológica.
Están en juego los valores de Europa. La apertura, la inclusión y la gobernanza democrática dependen de la capacidad digital. Para defender su modelo, Europa debe dotarse de las mejores herramientas disponibles. Los ciudadanos europeos están preparados para ello.
La próxima década definirá el lugar de Europa en el mundo y la inversión en conectividad es la base de esa elección. Las empresas de infraestructuras de telecomunicaciones están preparadas para actuar y para ser protagonistas en el diseño del futuro del continente. El momento de actuar es ahora.
Marco Patuano, CEO de Cellnex